Valor:
Pesos Colombianos
Encuentranos en
    
Descargar

Te recomendamos descargas las ultimas versiones de los navegadores para tener una optima visualizacion del Portal
Inicio » Colombia necesita de Fátima » Apariciones de la Virgen
Apariciones de la Santísima Virgen
Ultima Modificacion: 2010-10-04 15:48:28

En la época de las apariciones de Nuestra Señora, Lucía de Jesús, Francisco y Jacinta tenían 10, 9 y 7 años de edad, habiendo nacido el 22 de marzo de 1907, el 11 de junio de 1908 y el 11 de marzo de 1910, respectivamente. Los tres niños vivían, como dijimos, en Aljustrel, pequeña aldea de la parroquia de Fátima.

Las apariciones tuvieron lugar en una propiedad de los padres de Lucía, llamada Cova da Iría, a dos kilómetros y medio de Fátima por el camino de Leiría. Nuestra Señora aparecía sobre una encina de un metro de altura o un poco más. Francisco sólo veía a Nuestra Señora y no la oía. Jacinta la veía y oía. Lucía veía, oía y hablaba con la Santísima Virgen. Las apariciones ocurrían al mediodía.  

    

Cronología de las apariciones

  • Primera Aparición:  13 de mayo de 1917
  • Segunda Aparición:  13 de junio de 1917
  • Tercera Aparición:  13 de julio de 1917
  • Cuarta Aparición:  19 de agosto de 1917
  • Quinta Aparición:  13 de setiembre de 1917
  • Sexta Aparición:   13 de octubre de 1917
 
 


 
 
Primera Aparición: 13 de mayo de 1917
  

Jugaban los tres videntes en Cova da Iría cuando vieron dos resplandores como de relámpagos, después de los cuales vieron a la Madre de Dios sobre la encina. Era “una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol y esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina atravesado por los rayos del sol más ardiente”, describe la Hna. Lucía. Su rostro, indescriptiblemente bello, no era “ni triste, ni alegre, sino serio”, con aire de suave censura. Tenía las manos juntas, como para rezar, apoyadas en el pecho y orientadas hacia arriba. De la mano derecha pendía un rosario. Su vestido parecía hecho sólo de luz. La túnica era blanca, así como el manto, orlado de oro, que cubría la cabeza de la Virgen y le llegaba hasta los pies. No se le veía el cabello ni las orejas.
  

Lucía nunca pudo describir los trazos de la fisonomía, pues le resultaba imposible fijar la mirada en el rostro celestial, que la deslumbraba. Los videntes estaban tan cerca de Nuestra Señora (a un metro y medio de distancia, más o menos), que se encontraban dentro de la luz que la cercaba o que difundía. El coloquio se desarrolló de la siguiente manera:

  

Nuestra Señora: No tengáis miedo; yo no os hago daño.

Lucía: ¿De dónde es Vuestra Merced?

Nuestra Señora: Yo soy del cielo (y Nuestra Señora levantó la mano para señalar el cielo).

Lucía: ¿Y qué es lo que Vuestra Merced quiere de mí?

Nuestra Señora: Vengo para pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos los día trece y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí una séptima vez.

Lucía: ¿Yo también iré al cielo?

Nuestra Señora: Sí, vas a ir.

Lucía: ¿Y Jacinta?

Nuestra Señora: También.

Lucía: ¿Y Francisco?

Nuestra Señora: También, pero tiene que rezar muchos rosarios.

Lucía: María de las Nieves, ¿está ya en el cielo?

Nuestra Señora: Sí, ya está.

Lucía: ¿Y Amelia?

Nuestra Señora: Estará en el purgatorio hasta el fin del mundo.

¿Queréis ofreceros a Dios, para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar en reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

Lucía: Sí, queremos.

Nuestra Señora: Vais, pues, a sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.

Fue al pronunciar estas últimas palabras (“la gracia de Dios, etc.”), cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos una luz tan intensa como el reflejo que de ellas se expandía. Esta luz nos penetró en el pecho hasta lo más íntimo de nuestra alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior, también comunicado, caímos de rodillas y repetimos interiormente:

– “Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento”.

Pasados los primeros momentos la Virgen añadió:

– “Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.

  

Enseguida –describe la Hna. Lucía– comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la circundaba iba como abriendo un camino en la oscuridad de los astros.     Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

 

(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 88-91) 

 

 


 

 

Segunda Aparición: 13 de junio de 1917 

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.
Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.
Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.
La primera capilla edificada en el lugar de las apariciones en 1918. Habiendo sido dinamitada el 6 de marzo de 1922 por los enemigos de la religión, la capilla fue reconstruida poco después.
 
 
Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.  
Antes de la segunda aparición, los videntes notaron nuevamente un resplandor, al que llamaban relámpago, pero que no era propiamente tal, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Algunos de los espectadores, que en número de cincuenta, aproximadamente, habían acudido al lugar, notaron que la luz del sol se oscureció durante los primeros minutos del coloquio. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un momento antes de que Lucía hablara. Durante el coloquio de Nuestra Señora con los videntes, algunos oyeron un susurro como si fuese el zumbido de una abeja.

  

Lucía: ¿Vuestra Merced qué quiere de mí?

Nuestra Señora: Deseo que vengáis aquí el trece del mes próximo, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer.Después diré lo que quiero.

Lucía pidió la curación de una persona enferma.

Nuestra Señora: Si se convierte, se curará dentro de este año.

Lucía: Quería pedirle que nos llevara al cielo.

Nuestra Señora: Sí, a Jacinta y Francisco los llevaré pronto; pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas como flores puestas por mí para adornar su trono.

Lucía: ¿Y me quedo sola?

Nuestra Señora: No, hija. ¿Tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.

  

Al decir estas últimas palabras –cuenta la Hna. Lucía– abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de Nuestra Señora había un corazón rodeado de espinas que parecía se le clavaban por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación.

  

Cuando se desvaneció esta visión, la Señora, envuelta todavía en la luz que Ella irradiaba, se elevó del arbusto sin esfuerzo, suavemente, en dirección al este, hasta desaparecer del todo. Algunas personas más próximas notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección, como si los vestidos de Nuestra Señora los hubiesen arrastrado. Sólo algunas horas más tarde volvieron a su posición natural.     Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

 

(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 38-40) 

 

 

 


 

 

 

 Tercera Aparición: 13 de julio de 1917

  

 

Al ocurrir la tercera aparición, una pequeña nube grisácea quedó suspendida sobre la encina, el sol se oscureció, una brisa fresca sopló en la sierra, a pesar de ser el auge del verano. El Sr. Marto, padre de Jacinta y Francisco, que así lo cuenta, dijo que oyó también un susurro como de moscas en un cántaro vacío. Los videntes vieron el reflejo de la acostumbrada luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

 

Lucía: ¿Vuestra Merced qué desea de mí?

Nuestra Señora: Quiero que volváis el trece del mes que viene y que continuéis rezando el rosario todos los días en honra de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella os puede ayudar.

Lucía: Quería que nos dijese quién es y que hiciera un milagro para que todos crean que Vuestra Merced se nos aparece.

Nuestra Señora: Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro para que todos lo vean y crean.

Lucía presenta entonces una serie de pedidos de conversiones, curas y otras gracias. La Virgen responde recomendando siempre la práctica del rosario, indicando así el modo por el cual alcanzarían las gracias durante el año.

Después prosiguió:

Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio:

¡Oh! Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.

  

 
(Aquí  se insiere el Secreto de Fátima)

 

Pasados algunos instantes, prosiguió:

Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: ¡Oh! Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva a todas las almas al cielo, principalmente a las que más lo necesiten.

Lucía: ¿Vuestra Merced no quiere nada más de mí?

Nuestra Señora: No, hoy no quiero nada más de ti.

  

Y, como de costumbre, comenzó  a elevarse en dirección al este, desapareciendo en la inmensa lejanía del firmamento.

 

Se oyó entonces una especie de trueno, indicando que la aparición había cesado.     Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.  

(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 40-60)  

 

 

 

 

 

 

 


 

 


 

 

 

 

 

 

Cuarta Aparición: 19 de agosto de 1917


El día 13 de agosto, en que debía darse la cuarta aparición, los videntes no pudieron comparecer a Cova da Iría, pues fueron raptados por el Administrador de Ourém, que a la fuerza quiso arrancarles el secreto. Los niños permanecieron firmes.

 

A la hora de costumbre, se oyó  en Cova da Iría un trueno, al que siguió un relámpago, habiendo notado los espectadores una pequeña nube blanca que se posó algunos minutos sobre la encina. Se observaron también fenómenos cromáticos de diversos colores en el rostro de las personas, en las ropas, en los árboles y en el suelo. Nuestra Señora ciertamente había venido, pero no encontró a los videntes.

 
Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.
Lugar de la 4ª aparición de Nuestra Señora, el 19 de agosto de 1917, señalado por un monumento (Valinhos)
Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.
   

El día 19 de agosto, Lucía estaba con Francisco y otro primo en el lugar llamado Valinhos, en una propiedad de uno de sus tíos, cuando a eso de las cuatro de la tarde, comenzaron a producirse las alteraciones atmosféricas que precedían a las apariciones de Nuestra Señora en Cova da Iría: un súbito refrescar de la temperatura, un oscurecimiento del sol y el característico relámpago. Lucía, sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y los envolvía, mandó llamar rápidamente a Jacinta, que llegó a tiempo de ver a la Virgen aparecerse sobre una encina un poco mayor que la de Cova da Iría.

 

Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?

Nuestra Señora: Quiero que continuéis yendo a Cova da Iría el día 13 y que sigáis rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean.

Lucía: ¿Qué desea que hagamos con el dinero que deja la gente en Cova da Iría?

Nuestra Señora: Que hagan dos andas. Una la llevas tú con Jacinta y otras dos niñas vestidas de blanco, y la otra que la lleve Francisco y otros tres niños. Las andas son para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El dinero que sobre, es para ayuda de una capilla que mandarán hacer.

Lucía: Quería pedirle la curación de algunos enfermos.

Nuestra Señora: Sí, a algunos curaré durante el año. Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quién se sacrifique y pida por ellas.

  

Y, como de costumbre, comenzó  a elevarse en dirección al este.

 

Los videntes cortaron ramas del árbol sobre el cual Nuestra Señora se había aparecido, y las llevaron a casa. Las ramas exhalaban un perfume singularmente suave.     Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

 

(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 61-65) 

 

 

 


 

 

 

Quinta Aparición: 13 setiembre de 1917

 

Como las otras veces, una serie de fenómenos atmosféricos fueron observados por los circunstantes, cuyo número fue calculado entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más: el súbito refrescar de la atmósfera, el empalidecimiento del sol hasta el punto de verse las estrellas, una especie de lluvia como de pétalos irisados o copos de nieve, que desaparecían antes de llegar a la tierra. Como de costumbre, los videntes notaron el reflejo de una luz y, a continuación, vieron a Nuestra Señora sobre la encina:

 

Nuestra Señora: Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre veréis también a Nuestro Señor, a Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen, y a San José con el Niño Jesús para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda; llevadla sólo durante el día.

Lucía: Me han dicho que le pida muchas cosas: la curación de un sordomudo, de algunos enfermos...

Nuestra Señora: Sí, curaré algunos, a otros no. En octubre haré el milagro para que todos crean.

 

Y comenzando a elevarse, desapareció  como de costumbre.     Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

 

(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 65-66) 

 

 

 


 

 
 

Sexta y última Aparición: 13 de octubre de 1917

 

Como las otras veces, los videntes notaron el reflejo de una luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina:

 

Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?

Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor. Que soy la Virgen del Rosario. Y que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.

Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...

Nuestra Señora: A unos sí, a otros noEs preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.

 

Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.

 

En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el sol!

Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los misterios gozosos del rosario, después los dolorosos y finalmente los gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).

 

Aparecieron, al lado del sol, San José  con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José  también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.

 

Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.

 

Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del cielo y de la tierra, con el Niño Jesús en los brazos.

 

Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud de 50 a 70 mil espectadores asistía al milagro del sol.

 


Había llovido durante toda la aparición. Al terminar el coloquio de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba“¡Miren el sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. La inmensa bola de fuego comenzó a “bailar”.

Cual gigantesca rueda de fuego, el sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas. Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.

 

Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días.

 

El ciclo de las apariciones había terminado.

 

Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente.

 

El milagro del sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.     Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

 

(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 66-71) 
 
 
 
 

No hay Comentarios para este Articulo