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Cuidado! Por vacío interior los jóvenes sucumben a la ira
Ultima Modificacion: 2011-09-05 04:08:36

EL TIEMPO / Maria P. Ortiz y Dominique Rodriguez / 5.03.2011


Jóvenes

Los recientes asesinatos entre jóvenes tienen un fondo: ellos están llenos de ira. Se sienten solos.

 

"Solo Dios sabe que no quise matarlo", dijo Jeison Fonseca, de 19 años, después de clavarle un cuchillo a Miguel Ángel Guerrero. Al parecer, Guerrero, de 16 años, no hizo otra cosa que ofrecerle un cigarrillo a una amiga de Fonseca para que éste entrara en cólera. 

 

Ya detenido por las autoridades, Fonseca dijo que no quería matarlo. Pero ya era demasiado tarde. Como lo fue para Ana Paola Muñoz, de 17 años, o para Mario Alejandro Flórez, de 20, que hoy también están presos por haberle quitado la vida a otros jóvenes. Como lo es para los 336 adolescentes colombianos que cometieron un asesinato en el último año.

 

De tanto repetirse, ya no suelen ser siquiera noticia de primera plana: que un joven tomó el cuchillo de su cocina y atacó a otro; que una adolescente se lanzó sobre otra y la dejó sin la mitad de una oreja; que una muchacha apuñaló a una compañera porque le quitó el novio; que dos jóvenes pisotearon el rostro de otra muchacha, indefensa en el suelo. Los casos se repiten en Bogotá, en Medellín, en Cali... Por todo el país. 

Un panorama que, según los especialistas, es síntoma de una enfermedad que viene de atrás. Y no es necesario llegar al crimen para notar que algo pasa con muchos de los jóvenes colombianos: están invadidos por una ira descontrolada. Una palabra, solo una palabra, puede ser el detonante de una agresión que al arrancar no se sabe dónde termine. 

"Era él o yo", "lo hice por supervivencia" son frases que suelen repetir para justificar su violencia. En defensa del amor o del honor vulnerado, algunos llegan a matar.

 

"Muchos jóvenes hoy no están pensando. Se están dejando llevar por la pulsión de la muerte, no de la vida", dice Gabriela Rouillon, psicoterapeuta que ha atendido a estudiantes de las universidades Nacional y Andes. 

Es cierto: la adolescencia es, por naturaleza, una etapa llena de efervescencia, es la edad en la que oponerse al mundo es normal, incluso necesario, según especialistas. Pero aquí se habla de algo más: de una generación que crece en condiciones más complicadas que las de años atrás.

 

Una realidad apabullante

 

Esta generación de muchachos nacidos en los años 90 ha visto, en muchos casos, cómo sus padres se separan (en los últimos 3 años se han dado más de 40 mil divorcios), cómo algún miembro de su familia está sin empleo, cómo los matones se vuelven protagonistas de televisión y los machistas héroes del reguetón. Han crecido oyendo que hay secuestrados en el monte, repitiendo discursos de odio que oyen de arriba abajo, desinflándose de posibles ilusiones políticas.

Son muchachos que se acostumbraron a comunicarse más fácilmente en las redes sociales que en vivo y en directo; y un alto número parece haber convertido en pan de cada día el consumo de sustancias psicoactivas (solo en Bogotá, según un estudio de 2009 de la Secretaría de Salud, 70.410 jóvenes fuman cigarrillo y 25.534 consumen marihuana o cocaína, 14 mil de los cuales registran adicción). Buscan retar a la vida, también. Contra ellos mismos (en 2009 Medicina Legal registró 193 casos de suicidios entre los 10 y los 17 años), o contra otros.

 

"A los 14 años mi mamá me abandonó. Me dejó tirado en una finca y estuve durante cuatro días sin comer, prender la luz o dormir. Mi papá, como siempre, apareció después prometiendo que estaría a mi lado. Pero mentiras. Me la pasaba solo, en bares. A los 16 me echaron escopolamina en el trago y me violaron. Para contarle a mi familia lo que me pasó tuve que escribirles una carta. Y solo mi hermana me ayudó", cuenta Felipe, de 18 años. 

Este es solo un testimonio, de un joven bogotano que acaba de empezar universidad y, al mismo tiempo, tratamiento psicoterapéutico.

 

"¿Cómo pretender que el adolescente no tenga rabia si está solo? -se pregunta la psicoanalista infantil y juvenil Bertha Gamarra-. Están cargados de odio, sienten desolación. Y culpan de esto a los padres". Los culpan por no estar, por no poner límites, por permanecer solo atentos a resultados y calificaciones, por no saber cómo ser padres y pretender, en su lugar, ser amigos. 

"Pareciera que no se dan cuenta de que el afecto no se compra con iPad ni con viajes, que esa es una felicidad que se agota -agrega la psicoanalista-. Los jóvenes saben que necesitan aceptación incondicional de sus circunstancias, de ser ellos mismos y no de lo que sus padres quieren de ellos. Reclaman su presencia y tienen una gran preocupación afectiva".

 

Tanto Gamarra como Rouillon confirman que la mayor queja de los chicos hoy es una: no los entienden. ¿Y quién de nosotros no dijo eso alguna vez? Hoy en día, la diferencia es que estos muchachos no ven en los adultos la voluntad de entenderlos.Y entonces vienen los efectos: la agresión, la rabia, la pérdida de reconocimiento del otro, la forma desmesurada como muchos están entendiendo el amor.

 

Para Rouillon, los jóvenes se están acompañando en el dolor e, inconscientemente, han elegido el sufrimiento. Cruzados por la soledad, muchos se entregan, por defecto, al exceso: se pegan a sus parejas las 24 horas del día por esa necesidad expedita de afecto y de compañía. "No tienen recursos internos, están desbaratados",sigue la especialista.

 

Convencidos de haber encontrado la pareja para toda la vida, muchos adolescentes se enfrentan al mundo y retan a otros, inclusive con armas reales. No es extraño en una mente adolescente sentirse locamente enamorado; lo que hoy sucede es que muchos se están entregando al amor al punto de perder su propia identidad, al extremo de sentir que en ello se les van la vida y la honra.

 

"Son muchachos que viven sus relaciones amorosas como si no hubiera el chance de otra más, aunque les duren 15 días",afirma la antropóloga Myriam Jimeno, experta en crímenes pasionales. Por el honor vulnerado, por la humillación o la ira que representa que su novia o novio hable con otro joven, muchos están llegando a agresiones que terminan en el hospital o en la cárcel.

 

De igual manera, cada vez más las mujeres se pelean entre sí y muchas veces se vuelven victimarias al asumirse como propiedad del otro. Según lo confirman varios psicoterapeutas, una de las principales razones de consulta de los jóvenes colombianos hoy en día es su incapacidad para lidiar con una ruptura amorosa o con la angustia por no llegar a encontrar una pareja. Todo lo están viviendo tan temprano, tan rápido, que los dramas de la adultez les llegan antes de tiempo.

 

"Mi hija es independiente, se me enfrenta, tiene carácter. Pero cuando está con su novio parece que se anula", cuenta una madre, y es la misma voz que se oye con frecuencia y que describe a esa persona libre que de repente parece perder su identidad para entregársela a su pareja: si a él le gusta el ciclomontañismo, a ella le gusta; si es metalero, pues venga el metal, si él es vegetariano, igual. Es como si olvidaran que tenían un mundo. "Hay en ellos un hueco afectivo tan grande, que terminan metidos de cabeza en las relaciones", dice Gamarra. Relaciones que muchas veces son maltratadoras, equivocadas, pero está siendo mayor el miedo a estar solos.

 

"Fue mi primer novio -cuenta Margarita, de 19 años-. Con él tuve mi primera relación sexual. Aunque terminamos, y él vive fuera del país, me sigue escribiendo y cuando viene nos vemos. Pero hace poco me metí con su mejor amigo y él se enteró. Me escribió, desesperado, diciéndome que necesitaba verme y tocarme. Nuestro noviazgo tuvo muchos momentos de tormento porque era muy posesivo. Aún hoy actúa así. Me pregunto si estaría igual de interesado en mí si no me hubiera metido con su amigo. Sé que debería cortar de raíz con esta relación. Me hace daño. Pero para ser sincera, no quiero terminarla. Necesito saber que él está allí".

 

A los padres tampoco les está resultando sencillo. La mayoría viene de una generación en la que la autoridad era tan marcada y recurrente, que consideran que hoy lo mejor es abrir las riendas casi hasta el extremo. "No ponen límites. No saben hacerlo, o les da miedo", coinciden las especialistas consultadas. Gamarra hace el diagnóstico más directo:Los padres de hoy no saben cómo querer bien a sus hijos.

 

"En la desesperación de ver a mi hija adolescente consumida por una relación destructiva, intento comprenderla. Dejo que el novio esté en la casa, comparto con ellos -cuenta una mamá-. Pero pese a que la apoyo todo el tiempo, muchas veces terminamos discutiendo. No sé cómo hablarle y en ocasiones me toca recurrir a mi ex esposo, su papá, porque a mí no me hace caso".

 

Con estas falencias de puertas para adentro, los jóvenes están saliendo al mundo sin los elementos necesarios para afrontarlo. Es entonces cuando muchos responden con agresión, con rabia, con ira. "Los códigos aprendidos por los adolescentes en casa no son suficientes para defenderlos de una sociedad a la que sienten hostil y de la que se blindan conociendo el lenguaje agresor y respondiendo con el mismo lenguaje cuando se sienten amenazados", afirman trabajadoras sociales de un centro de reclusión de menores en conflicto con la ley.

 

Rouillon añade que para muchos chicos la presencia de un tercero en sus relaciones de pareja constituye una amenaza que hay que eliminar: "Es matar una parte de sí mismos a través de otros, se trata de una satisfacción dañina inmediata y que revela la parte destructiva de su personalidad".

 

Para los padres, es una realidad angustiante. Frustrante. "Mi hijo es un muchacho de 19 años lleno de sueños. Él está arrepentido, conmocionado. Se apagó una luz de vida, todo por un error. Sin embargo, él sabe que siempre va a contar con su familia, en las buenas y en las malas", dijo Esperanza Borda, madre de Jeison Fonseca, el joven que acuchilló a Guerrero. En su mayoría, los papás tienen una genuina intención de hacer bien su labor de formar a sus hijos, de estar para ellos, de quererlos. Pero muchos no saben cómo lograrlo, tanto así que, en varios casos, las familias están logrando reunirse y hablar cuando el encuentro ya es tardío, y se da los fines de semana en horario de visita a un centro penitenciario.

 

Los padres se sorprenden. ¿En qué anda su hijo?


Lo primero que suelen decir los padres al saber que su hijo cometió algún atropello es "este no puede ser mi niño", "yo nunca lo había visto actuando así". Sin embargo, la agresión y la ira siempre han tenido algún antecedente. "No se manifiesta de un momento a otro -explica la psicoanalista Bertha Gamarra-. Es producto de un pasado. A los 15 años se echa a trompadas, a los 18 puede estar usando un cuchillo".

 

Ejercer matoneo con sus compañeros en el colegio, incluso maltratar a los animales, son anuncios de posibles actos de violencia mayor. Y no es una cuestión socioeconómica: la mayoría de los jóvenes agresores que hoy llegan a centros de reclusión no tienen antecedentes penales y son bachilleres o, incluso, han ingresado a la universidad. 

"Hoy, los niños de chofer y de empleada son los más perturbados: están aislados, son agresivos en el colegio y piensan que pueden hacer lo que les da la gana", continúa la psicoanalista. 

 

Los muchachos que agreden, en su mayoría, no sufren de graves trastornos mentales y tampoco son consumidores adictos de droga o alcohol.

 

Las razones de que alguno tome un arma y mate, están en otro lado: "En ellos no hay pensamiento, solo acción. Y como todo está al alcance de la mano (conseguir un arma o un puñal), se hace más fácil reaccionar de forma descontrolada", afirma el psicoanalista Ricardo Aponte.

 

Muchachos sin estructura y sin defensas

"La familia no les está dando herramientas para responder a la violencia que hay afuera de la casa", dicen psicólogas del centro de rehabilitación El Redentor, donde atienden adolescentes recluidas por conflictos con la ley.

Salir a la calle representa un reto. Afuera, reina la ley del más fuerte. Para algunos, se trata de tener que asumir el piropo que muchas veces pasa la raya, o la burla por ser gordo o amanerado, dejársela montar entregando la lonchera, la plata del día o el celular.

Para otros, significa tener que pertenecer a un grupo (un parche) para lograr cruzar la calle sin que los ataquen. "O aprenden a resistir y se mueven con sus mismos códigos, o fallecen", agregan las terapeutas.

 

Qué hacer

 

Los especialistas recomiendan echar reversa y volver a lo fundamental: tomar el toro por los cuernos y derribar las excusas para hablar, aprender a leer las alarmas que lanzan sus hijos, como el hecho de que estén metidos horas en Internet o encerrados en sus cuartos sin ni siquiera preguntar cómo están.

 

Fortalecer en los muchachos el valor de ser individuo, más allá de lo que impongan las modas sociales, y asumir que ni el silencio ni la evasión resuelven nada. "Es un trabajo de reeducación emocional de los padres que, muchas veces, exige que ellos mismos acudan a ayuda profesional para dejar de reproducir las angustias de no saber qué hacer con sus hijos. En los papás funciona un papá que los ayude a entender", afirma Gabriela Rouillon.

 

"Cuando el niño expresa lo que siente sabiéndose escuchado, respetado y comprendido, aprende a fiarse de sus sentimientos, aprende a escucharse y a saber manejar emociones tan intensas como la antipatía, la vergüenza, la ira o el rechazo.

Estudios recientes revelan que la capacidad de expresar los propios sentimientos constituye una habilidad social fundamental. Difícilmente el niño podrá desarrollar esa habilidad si el ambiente familiar no se lo facilita", explica la profesora de educación infantil Carmen Herrera García.  

 

 

Comentarios


2011-07-13 03:45:09
Concienciasensata
Permítame manifestar mis felicitaciones por este trabajo. Una juventud sin ideales termina en la alcantarilla. Es urgente emprender una gran campaña de regeneración moral y religiosa... que empiece en el corazón del niño, desde la casa. a los jóvenes hay que mostrarles la belleza de ideales que valen mas que la propia vida: la perfeción moral y el amor al prójimo. El gran reto que debemos plantear a los jóvenes es este: vencer como - dicen hoy - los demonios internos, para que vuele el ángel que llevamos por dentro. No debemos perder las esperanzas!