Valor:
Pesos Colombianos
Encuentranos en
    
Descargar

Te recomendamos descargas las ultimas versiones de los navegadores para tener una optima visualizacion del Portal
Inicio » Comunismo clásico al acecho » Dictando la Constitución con fusil
Dictando la Constitución con fusil
Ultima Modificacion: 2012-10-22 05:50:42

El Tiempo / 21.10.2012 / Natalia Springer

 

"En la mesa de diálogos no se está negociando nada. Se dialoga, pero no se negocia el país, ni les permitiremos a las Farc que refunden la patria, como no se lo permitimos a los paramilitares, ni que nos dicten la Constitución a punta de fusil, o nos impongan su revolución por contrato."

 

 


 

 

La discusión abierta en Oslo es un baldado de agua fría necesario para recordar que la paz es un reencuentro entre enemigos, que Colombia está lejos de vivir en la democracia magnífica que retratan sus leyes y sus normas, que ignorar a las víctimas es un error y la mejor forma de gestar nuevas violencias, y que no es en el perdón, sino en la justicia, en la que se debe edificar, firmemente, una paz sostenible.

 

En la mesa de diálogos no se está negociando nada. Se dialoga, pero no se negocia el país, ni les permitiremos a las Farc que refunden la patria, como no se lo permitimos a los paramilitares, ni que nos dicten la Constitución a punta de fusil, o nos impongan su revolución por contrato. La paz no es, y eso hay que reconocerlo, la fórmula para desmovilizar a unos desadaptados. Algo está profundamente mal con este país, en el que millones de personas viven en los márgenes del hambre y la supervivencia, pero solo se escucha a quien tiene un fusil en la mano. Un proceso que nos permita cesar las violencias y desandar la barbarie nos debe conducir necesariamente al ejercicio posterior de repensar la manera de construir Colombia.

 

Por eso, es un error proponer el perdón y la reconciliación como pilares de la transición, y el que no lo crea, que pregunte en Sudáfrica. En un estadio tan temprano del proceso, el discurso del perdón no solo sufre un enorme desgaste, sino que ignora los efectos perversos que tiene el que el Estado asuma el papel (que no le corresponde) de cargar doblemente a las víctimas con la tarea de superar el dolor y perdonar, para garantizar la paz. El perdón como proceso personal es un camino incierto. Hay quien pueda perdonar, habrá quien no consiga hacerlo. Allí no hay reproche. El Estado, corresponsable por acción o por omisión, no tiene por qué imponerlo.

 

Pero, además, ¿a quien se le ocurre empezar por el final? Lo sensato aquí, lo valiente, sería empezar por la verdad, no por el perdón. Por conocer, primero, por explorar lo que pasó, por desenmascarar a todos los que están detrás de los fusiles. Una vez conocido, ya veremos cómo lidiamos con eso. El que dispara está apenas en el primer eslabón de una larga cadena de responsables. El perdón no sustituye a la justicia, ni la reemplaza, ni es excusa para renunciar a la persecución penal de los autores de crímenes atroces. La paz, nunca me cansaré de repetirlo, yace en la justicia, no en su debilitamiento.

 

Yo diría que si algo garantiza la no repetición, es precisamente que reconozcamos que tanto oprobio es imperdonable. Las "batallas ganadas" y las "victorias" que reclaman los que pretenden sustituir la legitimidad por el terror están fundadas en sangre y muerte. No es posible, ni deseable, sustituir la memoria del horror por la dulce y falsa idea de que el perdón es la respuesta. La paz no es un lavadero de procesos penales.

El titular del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle, sin perder la compostura ni entrar en la ofensa, ha hecho muy bien en recordarles a las Farc que habrá justicia, que tendrán que darles la cara a sus víctimas y que la Constitución no está en discusión. Es muy acertado proponer un mecanismo de refrendación de los acuerdos, que convierta a cada colombiano en garante de su sostenibilidad.

 

 

No digo, y que eso quede claro, que no debe haber perdón. La reconciliación es un proceso necesario. Pero, por ahora, como ciudadanos de una Colombia que no se rinde, que no se arrodilla y que ya no tiene miedo, el primer acuerdo entre nosotros los pacíficos, las verdaderas mayorías, es exigir ¡no más!, ¡nunca más!

 

NOTA. Un aplauso para los jóvenes de los colegios de San Bartolomé, que han iniciado un referendo entre los estudiantes, con lo que nos recuerdan que nos estamos jugando el país que ellos van a heredar.

 

No hay Comentarios para este Articulo