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La agricultura según las FARC
Ultima Modificacion: 2012-11-06 04:48:47

Periodismo sin Fronteras / 1.11.2012 / Eduardo Mackenzie

 

Con sus ideas retrógradas y absurdas en materia de agricultura los leninistas han desatado terribles catástrofes humanas en muchos países. La peor hambruna que haya conocido el mundo fue causada precisamente por los comunistas. Durante el famoso Gran Salto Adelante (1959 -1961), mediante el cual Mao creía que iba a hacer de China, en diez años, una potencia industrial como la Gran Bretaña,  entre 30 y 40 millones de campesinos chinos murieron de inanición.  Según indican los archivos descubiertos en los últimos años, la dictadura de Stalin hizo otro tanto años atrás. Entre 1932 y 1933, en efecto, las falsas soluciones agrarias  y la masiva represión en el campo, llevaron a la muerte a 12 millones de personas.

 

Como las mismas ideas fueron aplicadas en los otros países donde el comunismo tomó el poder, las economías fueron devastadas y los desastres se extendieron. Durante el régimen de Pol Pot en Cambodia hubo 800 000 muertos de hambre.  Recientemente, en Corea del Norte decenas de miles de personas, sobre todo niños y ancianos, murieron de desnutrición. Toda Europa del Este se hundió en el marasmo económico y su atraso respecto de Europa Occidental es visible aún hoy, a pesar del derrumbe del comunismo y del ingreso de esos países a la Unión Europea. Etiopía, Cuba y Vietnam siguen siendo países en ruina.

 

La colectivización de los medios de producción fue el dogma generador de esas tragedias. Como la tierra era el principal medio de producción en países como la Rusia de 1917 y la China de 1949,  fue decretada allí su expropiación sin indemnización. La supresión de la agricultura privada y de los mercados libres, la creación de grandes unidades estatales de producción, regentadas por burocracias ineptas y violentas, y el monopolio de la distribución de los bienes agrícolas, desembocaron en tremendas  crisis agrarias, humanitarias y ecológicas.

 

Los señores Timochenko e Iván Márquez, herederos de ese sistema atroz, están fanáticamente convencidos de que esas son las “soluciones” para el campo colombiano y que ello nos llevará a la sociedad perfecta (socialista).  Ellos tienen desde luego el derecho a pensar así. Lo malo es que ellos están ahora en posibilidad de ir mucho más lejos: de “dialogar” e imponer ciertas tesis en materia agraria a un gobierno que parece dispuesto a firmar acuerdos con ellos en cuestiones claves para el equilibrio del país.

 

El tema agrario, que Santos aceptó como el primero de la agenda del tinglado de La Habana, sin duda ha sido calculado para que tenga un alcance más que peligroso. No es sino oír lo que advertía, con no poca angustia, el senador Juan Lozano en días pasados: “Por falta de una oportuna presentación al Congreso de la ley de desarrollo rural el asunto vital de las tierras se va a discutir primero con las Farc que con la sociedad colombiana que no ha participado en la violencia. Llevamos más de dos años esperando a que radiquen la ley para concertar con campesinos, industriales, gremios y ciudadanía, así que el diálogo agropecuario arrancará primero con la guerrilla que en su escenario natural, el Congreso.”

 

¿Ese retraso en la redacción de la ley agraria fue deliberado o se trata sólo de una demora técnica? La alarma es legítima cuando se sabe que la negociación secreta con las Farc duró casi dos años.

 

A pesar de que Iván Márquez expuso sus ideas agrarias en Oslo, en medio de una retahíla de insultos y amenazas contra Colombia, algunos analistas tratan de hacernos creer que las Farc tienen un programa razonable sobre la cuestión.

 

El matutino conservador La República dio a conocer, por ejemplo, un documento: la “cartilla agraria de las Farc”. Ese texto que dos de sus redactores acogieron sin mayores objeciones de fondo (por fortuna incluyeron algunas tímidas críticas del sector privado) pretende resumir la política “verdadera” de las Farc sobre el campo.

 

Llena de acentos ecologistas y de amabilidades hacia los campesinos e incluso hacia los propietarios nacionales del sector, ese texto se muestra intratable y brutal con la inversión extranjera. En realidad, esa  simpática “cartilla” no es más que un chorro de humo que disimula otras  intenciones.  La verdadera concepción marxista de la “reforma agraria” no es la que dicen sus textos sino la que esa corriente  aplicó en otros países, incluida Cuba, y la que Hugo Chávez trata de implantar por la fuerza en Venezuela: la colectivización de la tierra, la destrucción de los propietarios, de los campesinos medios, de la agroalimentación y la liquidación de toda resistencia popular.

 

Sin embargo, La República afirma que las Farc proponen una serie de bellezas: la “gratuidad de la tierra para los campesinos” y la extinción de dominio sólo para “las tierras inexplotadas o explotadas con vulneraciones al medio ambiente”. ¡Maravilloso! ¡Qué respeto de la propiedad privada! Agrega que esa propuesta prevé dar tierras productivas “a mujeres campesinas jefes de hogar, abandonadas, viudas”. Excelente. Igual tratamiento tendrán “las víctimas de desplazamiento forzado y los profesionales del agro dispuestos a poner su conocimiento al servicio del desarrollo rural”. ¿Quién puede oponerse a eso?

 

Días después, las Farc  hicieron saber que la discusión en La Habana no será sólo sobre la propiedad de la tierra pues, para ellas, “el elemento tierra es componente esencial del territorio” y que “a partir de este concepto se han de dar las consideraciones fundamentales”. Explicación: amalgamar conceptos diferentes como “tierra” (suelo natural no cubierto por el mar) y “territorio” (la extensión que depende de un poder constituido: una ciudad, un departamento, una nación, un reino) busca deslizar la discusión más allá de los cinco puntos aceptados por Santos.  Es decir, que en Cuba la discusión comenzará por el problema crucial de la “soberanía en general”,  de “la soberanía alimentaria” y del “bienestar social”.

 

Las Farc se niegan pues a cumplir lo firmado con los plenipotenciarios de Santos y buscan llevar a éste a que negocie lo que el ex vicepresidente Humberto de la Calle Lombana había dicho que no se podría ni discutir: la propiedad privada, el modelo económico, la inversión extranjera y el ordenamiento territorial (sin hablar de la acción de las Fuerzas Armadas y la política de defensa).

 

Ocultar el verdadero sentido de la “revolución agraria” es obligatorio para los comunistas. El proyecto de reforma agrario elaborado por Fidel Castro  en la Sierra Maestra,  que incluía cambios con el acuerdo de los grandes propietarios, cubanos y extranjeros, fue barrido en junio de 1959 cuando éste ordenó el proceso de colectivización de la tierra, bajo la forma de “cooperativas” controladas por el Estado, incluso contra el querer de los campesinos. Las indemnizaciones a los propietarios nunca fueron pagadas. Ese proceso arbitrario se agravó en octubre de 1963 con la ley que extendió la colectivización al 74% de las tierras. La producción cayó desde entonces y nunca se recuperó realmente.

 

En 2005, un economista y consejero ministerial cubano, Alfredo González Gutiérrez, admitía en un artículo ese fracaso: “El sector primario (agricultura, ganadería y producción azucarera) no produce [en Cuba] un excedente de divisas, requiere por el contrario del aporte de otros sectores para poder satisfacer las necesidades alimentarias de la población”.

 

Con tales maestros, las Farc hacen temblar a muchos colombianos cuando pretenden que su “revolución agraria” garantizará un “desarrollo sostenible” en materia alimentaria.  Ojo pues, señores negociadores del gobierno colombiano, con las presiones y propuestas beatíficas que saldrán de la boca de los negociadores de la narco-guerrilla en La Habana.

 

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