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Lecciones de la masacre de Orlando
Ultima Modificacion: 2016-07-02 09:16:30

Alejandro Ezcurra N. / Tradicion y Accion Perú/ / 28.06.2016


Aprovechando la conmoción producida por la atroz masacre de Orlando, en la que un alucinado asesino mató, antes de ser abatido por la Policía, a decenas de asistentes a una discoteca frecuentada por homosexuales, de inmediato se desató en los medios impresos y de Internet una ensordecedora gritería político-publicitaria para penalizar la “homofobia”.


Vehementes condenas... a lo que no existe


De nada valió que desde hace tiempo se conozca que el término “homofobia” es un imposible clínico y sociológico, una pura ficción en la cual ni siquiera cree su inventor, el psicólogo norteamericano George Weinberg. En verdad se trata de un neologismo artificial, creado a pedido de un lobby homosexual (la GAA de Estados Unidos) para intentar librarse del justo rechazo social a las conductas sexuales desviadas [1].


Las fobias mentales —por ejemplo, la claustrofobia— son patologías extremamente raras (una en 100 mil o más, según el mayor psiquiatra peruano, Honorio Delgado), y resulta ridículo suponer que la reprobación de la abrumadora mayoría de la población mundial a la sodomía, fundada en la razón natural y en principios morales, pueda constituir una patología. ¿Desde cuándo la normalidad psíquica es una enfermedad?


Pero la verdad parece no contar para quienes sirven de “compañeros de ruta” de los lobbies LGBT. Todos ellos, incluso políticos importantes de Occidente —con su infaltable séquito de imitadores criollos— se llenan la boca condenando en tono altisonante algo que ni siquiera existe...


Un silencio muy revelador


Lo que sí existe, comprobado en los hechos, es cierta forma de agresividad descontrolada que por analogía podría compararse a una “endo-homofobia”: la de los homosexuales que con frecuencia se agreden y se matan entre sí, con refinamientos de crueldad y sordidez que en muchos casos asombran.


Por ejemplo, el lector habrá notado que el alarido contra la presunta “homofobia” del asesino de Orlando cesó de repente como por arte de magia, seguido de un completo y elocuente silencio. ¿Qué ocurrió?


Es que la Policía y el FBI reunieron fuertes indicios de que el autor de la masacre era un homosexual promiscuo él mismo, frecuentador de la discoteca donde perpetró el crimen y de otros antros similares. Uno de sus tantos amantes ocasionales, puertorriqueño y también frecuentador de esa discoteca, padecía SIDA y no se lo había revelado, determinando un probable contagio, por lo que el sujeto decidió vengarse perpetrando la horrenda masacre. La información fue proporcionada por otro homosexual que durante algún tiempo fue “pareja” del asesino. Y corroborada por la esposa de este, quien conocía su doble vida [2].


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Presunto ex-amante del asesino de Orlando revela a la cadena Univisión que Omar Mateen era homosexual y cometió el crimen por venganza.

Crímenes sórdidos, abusos terroríficos


Este tipo de crímenes entre homosexuales es cada vez más frecuente y rodeado de particular ensañamiento. Ya aludimos en una oportunidad a varios casos ocurridos en el Perú y otros países [3]. Evidentemente nadie se atrevió a desmentirnos. Y las noticias al respecto no cesan de multiplicarse. Únicamente a título de ejemplo, mencionamos otros tres casos recientes, entre muchos más que podríamos citar:


En diciembre pasado fue hallado en su casa, en el distrito limeño de San Isidro, el cuerpo sin vida del empresario Guillermo L. García. Había sido degollado en su cama por alguien de su confianza, pues las puertas del domicilio no habían sido forzadas. Las pistas de la Policía convergieron hacia “la pareja de la víctima, de sexo masculino” [4]. Igualmente degollado fue encontrado ese mismo mes en La Plata (Argentina) un electricista homosexual de 62 años, en medio de un charco de sangre. El autor del crimen fue un joven de 21 años, F. Lisi, que desde hacía un año fungía de “novio” de la víctima, y confesó haberlo matado por “celos” [5]. Dos meses antes, en septiembre de 2015, en un hotel céntrico de Medellín (Colombia), un sujeto LGBTI apodado “La Chelsi” también degolló a otro de su misma condición, Robinson Córdoba (a.) “La Jimmy”, por motivos pasionales [6].


Ejemplos similares tienden a multiplicarse, e ilustran suficientemente la facilidad con que los sodomitas se asesinan unos a otros. Pero cabe notar que la saña homosexual también se extiende a víctimas inocentes e indefensas. El episodio más reciente en ese sentido lo ofrece la condena a cadena perpetua, dictada en junio de este año, a dos lesbianas de Escocia, Rachel Trelfa y Nyomi Fee. Entre ambas asesinaron al hijo de una de ellas, un pequeño de dos años, después de haberlo sometido a torturas indescriptibles como encerrarlo en una jaula y obligarle a comer excrementos de animales. Finalmente lo mataron a golpes, reventándole el corazón. El horrendo caso conmocionó al país [7].


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Rachel Trelfa y Nyomi Fee, lesbianas, maltrataron y mataron cruelmente al hijo de la primera.

Abundan también los ejemplos escalofriantes de vejaciones físicas y sexuales de niños cometidas por padres homosexuales, biológicos o adoptivos [8]. Pero suspendamos aquí el recorrido por esta sórdida galería de monstruos, y detengámonos un momento a reflexionar. ¿Por qué esa barbarie homosexual, que en tantos casos desemboca en crímenes atroces?


¿Puede haber una solución no moral a una crisis moral?


El dato clave en el caso es la raíz moral de esos delitos. Siendo el vicio de sodomía un grave desorden moral según el Catecismo de la Iglesia Católica (§ 2357), quien se entrega a ese vicio tiene gravemente ofuscado el sentido moral, o lo perdió completamente. Y si fue capaz de perder el control de sí al punto de entregarse a prácticas que rompen las propias barreras de la naturaleza, no sorprende que caiga en un descontrol análogo en otros ámbitos.


Por eso, las estadísticas muestran que el exceso de alcohol, el consumo de drogas y los niveles de violencia doméstica son proporcionalmente mucho mayores en parejas de homosexuales que en el resto de la población [9]. Y desde esas formas de descontrol hasta el crimen, la trayectoria puede ser muy corta. Bien lo dice la Sagrada Escritura: “Un abismo atrae a otro abismo” (Ps. 42, 8). Es lo que nos demuestra, una vez más, la tragedia de Orlando.


* * *

El actual mundo hollywoodiano se construyó sobre la utopía de una libertad sin restricciones, en que cada uno podría realizarse entregándose a sus inclinaciones desordenadas, al margen de la Ley de Dios y de la ley moral que todo hombre lleva impresa en el alma.


El resultado está a la vista: las conductas amorales van dominando la sociedad, y del abismo del vicio van deslizando hacia el abismo del crimen, de la utopía a la catástrofe. Es un cuadro de aterradora crisis moral que pocos hombres públicos se atreven a mirar de frente y designar como tal, porque tendrían que reconocer que la solución sólo puede ser una: el retorno al orden moral.


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Fuente: Tradicionyaccion.org.pe

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