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Nuestra Señora de las Lajas, la firma de Dios sobre la creación
Ultima Modificacion: 2010-10-05 03:43:42

Recopilación libre tomada de fuentes diversas, especialmente del cuidadoso estudio La Maravillosa historia de Nuestra Señora de las Lajas, de don Pablo L. Fandiño y del portal http://www.ipitimes.com/ll.htm. Por Juan Carlos Ariza Gómez

 

La historia de la Virgen de las Lajas se remonta a mediados del siglo XVIII. Sus protagonistas son la india María Mueses de Quiñones, descendiente de antiguos caciques y su pequeña hija Rosa, sordomuda de nacimiento. El lugar de los hechos fue  se sitúa a media cuesta de un profundo barranco sobre el río Guáitara, municipio de Ipiales sobre la cordillera de los Andes a 2.600 metros de altitud, en el extremo sur de la actual Colombia, a diez kilómetros de la frontera con Ecuador. La hermosura del paraje cañón con su cascada de 80 metros de caída es indescriptible y las fotografías sólo nos dan una pálida idea del mismo. 

 

El corregimiento de Las Lajas hace parte del municipio de Ipiales. Es un lugar único en el mundo, por su belleza natural y por la singular arquitectura de la basílica, empotrada en los peñones del río. La belleza del cuadro de la Madre de Dios, es una imagen viva con rara expresión en su mirada. Cada vez que los peregrinos y turistas visitan al Santuario, sus almas sienten un temblor espiritual…” dice el Dr. Artur Coral director de Ipi Times com.[1]

 

Las Lajas, al sur de Colombia, está situado entre dos poblaciones: Ipiales, antigua fundación española para adoctrinamiento de los lugareños, y Potosí, caserío indígena separado por el río Guáitara, al que sólo se llegaba cruzando por un largo tronco, rudimentario puente, cuando lo había, más aislado que comunicado por el mismo.

 

En épocas del virreinato de la Nueva Granada, cierto día del año 1754 la india María Mueses de Quiñones –empleada doméstica en casa de la familia Torresano de Ipiales- y madre de Rosa una niña sordomuda dejó la entonces villa de San Pedro Mártir de Ipiales donde trabajaba, con la intención de visitar a sus parientes en el cercano caserío de Potosí, donde había nacido.

 

Al descender por aquel profundo barranco, ladera occidental del cerro Pastarán, para cruzar el puente sobre el río Guáitara, se desató una terrible tempestad. A fin de resguardarse, corrió hacia la gran cueva natural que había a media cuesta, esperando que la lluvia pasara.

 

Temerosa por el torrencial aguacero, lo desolado de aquellos parajes y por la idea de que el demonio sojuzgaba el puente “para hacer presa de la infortunada persona que viajase sola, se angustió, lloró e invocó el auxilio de la Santísima Virgen del Rosario”[2], cuya devoción había aprendido de los padres dominicos, que desde hacía dos siglos evangelizaban dichas comarcas.

 

De pronto, siente que alguien le toca en la espalda. Se asusta y emprende veloz carrera, cruza el puente y llega sana y salva a Potosí.

 

¡Mamita, la mestiza me llama!


Pasado el primer susto, unos días después, María emprende el regreso a Ipiales. Esta vez lo hace en compañía de su pequeña hija de cinco años llamada Rosa, sordomuda de nacimiento, a quien lleva en la espalda según la costumbre andina. Al llegar a la cueva del Pastarán, se detiene para descansar. La niña entonces se desliza suavemente de la madre y empieza a trepar por las lajas (un tipo de roca). De pronto María escucha que su hija le dice: “Mamita, vea a esta mestiza que se ha despeñado con un mesticito en los brazos y dos mestizos a los lados”.[3] Desconcertada, no atina sino a coger a la niña y huye de nuevo.

 

Al llegar a casa de la familia Torresano, sus antiguos patrones, cuenta lo ocurrido. Nadie le cree. Terminada la gestión del viaje, regresa. A medida que se aproxima a la cueva, los temores la asaltan de nuevo. Al llegar a su entrada, la niña sordomuda vuelve a decir: “¡Mamita, la mestiza me llama!” Nuevo susto y nueva carrera. ¿Qué hay realmente en esa cueva?

 

Tan pronto como llegó a Potosí, contó lo ocurrido. La noticia corrió de boca en boca, los vecinos se congregaron en la casa de María, todos querían conocer directamente los pormenores del hecho. Mientras tanto, en medio del alboroto, Rosita desapareció. Apenas se dieron cuenta de la ausencia de la niña, se la buscó en vano por todas partes. ¿Adónde habría ido Rosa? No había otra explicación —las almas inocentes conservan una atracción irresistible por las cosas sobrenaturales—: la niña había acudido ciertamente al llamado de “la mestiza”.

 

Regresó y encontró un maravilloso espectáculo así narrado por el Padre Justino Mejía: “Al llegar a la cueva vio sin sorpresa a su hija arrodillada a los pies de la Mestiza, jugando cariñosa y familiarmente con el rubio Mesticito” [4] que se había desprendido de los brazos de su Madre. ¡Qué escena más íntima y conmovedora!

 

El suceso había sido tan extraordinario que María dudó esta vez de contarla a los demás. Solo se hizo público por lo que sucedió después. Entretanto, cada que pasaban por la cueva, la niña indígena llevaba flores y velas a la Señora y su hijo mestizo.

 

La resurrección de la niña alborota a todos

 

Un tiempo después, Rosa -la niña indígena- cayó gravemente enferma y murió, cosa que fue delconocimiento de los aldeanos. La desconsolada madre, lleva a la cueva el cuerpecito sin vida de su hijita y la coloca a los pies de la Señora de Guaitara, implorándole que se la devuelva. De pronto sucede lo inexplicable: la niña resucita!

 

Exultante de alegría y agradecimiento, María Mueses de Quiñones se dirigió a Ipiales a golpear la puerta de la familia Torresano a quienes relató el nuevo prodigio. El testimonio es impresionante, la prueba es contundente, no queda más que avisar al Señor Cura. A pesar de lo avanzado de la noche, se organiza una comitiva encabezada por don Juan Torresano. El dominico Fray Gabriel de Villafuerte los recibe y procede al interrogatorio de rigor. Las campanas se echan al vuelo y la noticia se esparce por el pueblo: “¡La Virgen del Rosario se ha aparecido en las peñas del Pastarán! ¡La ha visto María Mueses de Quiñones! ¡Es hermosa y resplandeciente!” 


Pero el Señor Cura quiere cerciorarse de todo, aún no está totalmente convencido. Al día siguiente, bien de madrugada, una primera y concurrida peregrinación se da inicio en Ipiales. Es el 15 de setiembre de 1754, fiesta del Dulce Nombre de María. A las seis de la mañana, llegan a Las Lajas: “El milagro fulge ante sus ojos y ante su corazón. No es posible dudar: la Santísima Virgen ha sentado sus reales en las rocas del Pastarán”.[5] Encuentran estampada sobre la laja de roca una muy nítida, colorida y bella imagen de la Virgen con rasgos mestizos.

 

Años después, el otro biógrafo de la Virgen de las Lajas, fray Juan de Santa Gertrudis Serra redactó conmovido un rótulo para la Señora, tal como hacen los romeros en tan incesantes peregrinaciones que se han sucedido:

 

¡La perla más bien pulida
que en fina concha se cuaja
es la Virgen de Las Lajas
en la Laja aparecida!

 

El verso del poeta nariñense Teófilo Albán Ramos da cuenta también de la fe que la imagen despierta:

 

“Ella a todos escucha, a nadie deja;
a todos mira, a todos alboroza;
tiene amor por el alma que se queja,
y ritmos para el alma que solloza.”

 

La firma de Dios en la Creación


 

Hace pocos años atrás, el renombrado pensador católico Plinio Corrêa de Oliveira comentó admirado que por sus sorprendentes características puede afirmarse que La Virgen de las Lajas era la firma de Dios en la Creación.

 

La figura impresa en esa laja de piedra representa a Nuestra Señora del Rosario, de pie sobre la media luna, llevando al Niño Jesús en el brazo izquierdo y el santo rosario en el derecho. A uno y otro lado, aparecen las figuras de San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán. La roca mide 3,20 metros de alto por dos de ancho; y las imágenes abarcan una superficie de dos metros de alto por 1,20 de ancho.

 

La devoción de los fieles se manifestado en diversas ofrendas con el objeto de destacar la condición Divina del Niño y la realeza de su Madre. Así desde antiguo han recibido coronas de oro y gemas preciosas; se han agregado además collares, gargantillas, pulseras, anillos y un cinturón de esmeraldas con hebilla, etc. Pero todo esto le ha sido robado, algunas veces rescatado y otras renovado; la sexta y última sustracción ocurrió en diciembre de 1988. Para el observador curioso no hay mal que por bien no venga, de modo que despojados la Virgen y el Niño de su piadosa joyería, ha sido posible ver la imagen en estado puro, por así decirlo, sin ningún añadido y verificar el diseño desnudo de las coronas y el cinturón de Nuestra Señora como debió manifestarse su realeza antes de tanto alhajamiento. El manto presenta actualmente una veintena de estrellas de oro y plata, han llegado a ser hasta cincuenta y son las únicas alhajas que no alcanzaron a ser tocadas en el último robo.

 

La investigación


A diferencia de otros milagros marianos, en Las Lajas no hubo testigos: se desconoce cómo es que se formó la imagen. Nadie se atribuyó con fundamento su manufactura. Tampoco se pudo establecer con exactitud desde cuándo está la imagen grabada en la laja dentro de la cueva de aquel acantilado.

 

Aunque a lo largo de los años no han faltado escépticos y detractores —hasta en las filas del clero—, que niegan la factura milagrosa de la imagen, éstos jamás han conseguido demostrar razonablemente un origen natural. La tesis tradicional, por el contrario, no apenas se mantiene en pie sino que cada día gana mayores adeptos.

 

En años recientes, un grupo de geólogos alemanes visitó el Santuario de Las Lajas para efectuar algunas pruebas científicas sobre la imagen de la Virgen. Llegaron a estas sorprendentes e inexplicables conclusiones que solo invitan a profundizar los estudios:

 

1.  En la imagen no se encuentran rastros alguno de pintura o de pigmento. No se ha podido establecer la forma en que imagen fue plasmada sobre la roca.

 

2.  No se ha podido explicar por qué los vivos colores de la imagen -que son totalmente mate, sin el brillo del óleo usado en el siglo XVIII- no presentan la más mínima señal de deterioro. Recordemos que han estado expuestos durante más de 150 años a las inclemencias del clima, de los animales –insectos, aves, reptiles, etc– y de los hombres: humo de cirios, manoseo de millones de devotos, etc.

 

3  Tampoco se encuentra explicación al hecho descubierto tras efectuarse minúsculas perforaciones sobre la imagen: sus colores penetran la roca…!!! Esto, por lo demás, es  visible en algunas partes de la imagen que presentan pequeños desprendimientos. Será que la imagen completa se prolonga dentro de la roca?

 

Colosal santuario sobre el aire


A finales del siglo XVIII se levantó en aquel precipicio una pequeña ermita de madera y paja que tras sucesivas ampliaciones y reformas, ha terminado convirtiéndose en la actual Basílica de Las Lajas. La segunda etapa, 1794, se caracteriza por la construcción de una capilla con materiales de ladrillo y cal, con terminación en cúpula. En 1853, se produce el ensanchamiento del edificio en dirección suroccidente, atrevida construcción del arquitecto ecuatoriano Mariano Aulestia, edificación que duró más de un siglo. La cuarta es el proyecto de una plazoleta y puente de dos arcos. Y por último es la edificación del actual santuario cuya construcción fue iniciada el 1 de enero de 1916 bajo el impulso del gran  Ezequiel Moreno Díaz, el santo obispo de Pasto, quien bendijo la primera piedra. El diseño es del ingeniero ecuatoriano J. Gualberto Pérez y del pastuso Lucindo Espinosa.

 

El arquitecto Espinosa lo construyó con obreros que no sabían nada de construcción. Labradores campesinos a los cuales él tenía que enseñarles desde el modo como se hace una formaleta hasta la proporción en que hay que mezclar la arena y el cemento. Pero la buena voluntad pudo más que las dificultades que se presentaban. Y trabajando fueron aprendiendo.

 

 Los trabajos recibieron durante 33 años el impulso de sucesivos capellanes, hasta su culminación en 1949. Su inauguración estuvo a cargo de Mons. Diego María Gómez Tamayo, arzobispo de Popayán, siendo párroco el Pbro. Justino C. Mejía y Mejía, pertinaz historiador de Las Lajas.

 

Se calcula que su costo fue de 1.850.000 pesos de la época conseguidos por los aportes de los numerosos y fieles devotos especialmente de Colombia y Ecuador.

 

Hasta la basílica, que parece flotar en medio del abismo, se llega a través de una amplia escalinata con doscientos sesenta y seis peldaños que descienden y terminan a un costado del santuario. 

 

Por una gracia del Papa Pío XII, Nuestra Señora de las Lajas fue coronada canónicamente el 15 de setiembre de 1952, en una imponente celebración a la que asistieron casi todos los obispos de Colombia. En 1954, la Santa Sede concedió al santuario el título de Basílica Menor.

 

Milagros por doquier. El testimonio de Gonzalo Suárez


Uno de los más populares benefactores del templo de las Lajas fue "el ciego Rivera", quien sin la luz de sus ojos recorrió campos, pueblos y ciudades mendigando dinero para comprar materiales con los cuales construirle el santuario a Nuestra Señora. Es el amor a la Madre que no repara en sacrificios con tal de poder levantarle un templo digno de tan Gran Benefactora.

 

Entre los cientos de testimonios que atribuyen a la Virgen de las Lajas las gracias insignes que alcanzaron, está registrado uno de puño y letra del capitán colombiano Gonzalo Suárez, quien milagrosamente se salvó de morir durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902):

 

“El 9 de febrero[de 1901] a las 7 a.m. el suscrito cayó mortalmente herido recibiendo siete balazos en la cara, producidos por una descarga de escopetas y carramplones; uno de esos balazos vació el ojo derecho, otro le rompió el párpado del ojo izquierdo, dañándole la retina, y otro le voló la nariz.

 

A las tres de la tarde del mismo día 9 de febrero se me levantó del sitio donde había caído y se me condujo al lugar designado para incinerar los cadáveres de los muertos en combate. Como las heridas recibidas hubiéranme de causar la pérdida de los sentidos, y por lo tanto quedar privado, todos los curiosos y los médicos dedujeron, después de un breve examen, que era ya cadáver. Como yo conservaba el sentido del oído, oía palpablemente las órdenes para que se me quemara; hice esfuerzos para manifestarles que tenía vida, pero todo era en vano… hubo un momento de suprema ansiedad… se dio la última orden y ya no había remedio. En ese supremo instante invoqué el nombre de la Santísima Virgen del Santuario de Las Lajas; prometiéndole que si permitía que no me quemaran vivo, iría a pie desde donde estuviera a postrarme de hinojos a su presencia. Terminada esta súplica, se presenta una señora y pide a voz en cuello el cadáver del capitán Suárez. […] me hace conducir con mis soldados a su casa. Allí permanecí cuatro meses completamente ciegos. Después el general Albán me hizo conducir a Panamá.


Los médicos […] declararon que estaba ciego de por vida. […] El 15 de agosto comulgué en la capilla del hospital de Santo Tomás y después de recibir este alimento espiritual, hice que la reverenda hermana Elena Fernández me regalara un pedazo de algodón, y con fe de un verdadero católico lo hice pasar por los ojos de una imagen de la Virgen del Rosario que se venera en dicho hospital. Todos los días y cada vez que sentía afección al ojo, me frotaba con el algodón. Grande fue mi reconocimiento a la Madre de Dios, cuando a los dos meses, el 18 de octubre, veía perfectamente con el ojo izquierdo. Los médicos que ya habían remendado el párpado se sorprendieron al convencerse de la realidad y sin embargo, ¡blasfemos!, dijeron que era obra de la casualidad.


Consignaré aquí un hecho de verdadera abnegación que solamente puede inspirarlo la Religión Católica.


Como dije antes, una bala me llevó a tierra la nariz. Pues bien, para poder pronunciar siquiera algunas palabras, había necesidad de hacerme una operación plástica. Por lo tanto se necesitaba tomar de otra persona la cantidad de carne suficiente para cubrirme el hueco. Esta persona tenía que ser del mismo color, estar robusta y sin enfermedad contagiosa y, por último, someterse a un verdadero martirio. No teniendo en ese lugar a mi madre, único ser que podía sacrificarse por mí, veía materialmente imposible la realización de la operación. Estando los médicos en consulta y al pie de mi cama, salió del grupo de ángeles que a mi lado se había formado, una Hermana de la Caridad y ofreció voluntariamente su brazo para que fuera cercenado y así los médicos pudieran darme nariz […].


La hermana que puso en práctica este rasgo de caridad cristiana se llama Elena Fernández. Vivió en Panamá y fue testigo del milagro que me hizo la Virgen.


A la Virgen de las Lajas le debo el poder de verla hoy, y a Ella y a sor Elena poder contar este prodigio.


Santuario de Las Lajas, agosto 26 de 1906

 

El llamado de la Virgen de Las Lajas


Hoy, transcurridos dos siglos y medio del descubrimiento de la imagen de la Virgen de las Lajas, en la profunda quebrada del río Guáitara, Nuestra Señora nos lanza a cada uno de nosotros un irresistible llamado. Es el mismo llamado que en 1917 formuló a los tres pastorcitos en Fátima. Un llamado a la oración, a la penitencia y a la enmienda de vida. Pero un llamado también a la confianza en la promesa de su triunfo.

 

En Las Lajas hay un milagro constante, un milagro palpable, un milagro indiscutible… Y una gran promesa de restauración del orden católico en un continente en el cual Dios quiso estampar su firma luego de concluir la Creación.[6]     

 

SUJECIÓN AL JUICIO DE LA IGLESIA

Manifestamos que en conformidad con el Decreto del Papa Urbano VIII y las disposiciones de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, estas páginas no tienen la intención de anticiparse al juicio de la Iglesia sobre el carácter sobrenatural de los hechos y mensajes referidos. Este juicio corresponde a las autoridades competentes de la Iglesia, a las que nos sometemos plenamente.

Por lo anterior, las palabras « apariciones, mensajes, milagros » y similares tienen aquí un valor condicional.

Por decreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aprobado por el Papa Paulo VI el 14/10/1966, ya no es necesario el Nihil Obstat ni el Imprimatur para publicaciones sobre hechos y revelaciones privadas en tanto no contengan nada contrario a la fe y la moral. 




[2] Pbro. Justino C. Mejía y Mejía, Tradiciones y Documentos sobre Nuestra Señora de Las Lajas, Editora Fax, sexta edición, Bogotá, 1966, p. 67. Fue su párroco de 1928 a 1977.

[3] Id. ibid., p. 68.

[4] Id. ibid., p. 69.

[5] Id. ibid., p. 72.

[6] Otras obras consultadas:
–P. Rubén Vargas Ugarte S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica y de sus imágenes y santuarios más celebrados, Madrid, 1956, t. I, pp. 382-387.
–Fray Juan de Santa Gertrudis O.F.M., Maravillas de la naturaleza, Bogotá, 1956, t. III, c. 3, in www.lablaa.org/blaavirtual/faunayflora/maravol1/indice.htm
–Thomas Campbell, Our Lady of Las Lajas: A Continuous Miracle, in Crusade Magazine, Pensilvania, July/August 2010, pp. 17-18.

 

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