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Separaciones precoces
Ultima Modificacion: 2010-10-05 04:44:00

carta

ACCION FAMILIA / 10.11.2005

Bajo este título , la periodista Aura Barrenechea publicó una interesante entrevista a la psicóloga Susana Ifland sobre las causas de las tan frecuentes crisis matrimoniales de hoy (El Mercurio, 9 de Abril de 2000). Entre ellas, destaca:

 

1. “Ahora se han alargado los plazos para tener hijos. Cuando no los hay, las parejas se separan con más facilidad; precipitan las cosas antes que nazcan los hijos”.

 


2. “En la gran mayoría de estas separaciones, las mujeres son autosuficientes, “un factor que les permite no permanecer en una situación tóxica” (sic!)


Pero las principales causas son tres: Problemas de “incomunicación”, infidelidad y antecedentes de padres separados.


“La falta de diálogo pasa porque hombres y mujeres esperan cosas distintas del matrimonio y nadie, ni los colegios, los prepara”.


Esta frase nos lleva a publicar estos trechos de un artículo escrito por Plinio Corrêa de Oliveira sobre el papel predominante de los factores psicológicos en la inestabilidad del matrimonio.



Divorcio y Romanticismo
Plinio Corrêa de Oliveira
 

 

“Los modos de ser y de sentir que el romanticismo creó son de hecho enteramente ajenos a los hábitos mentales y afectivos de nuestros contemporáneos. En lo que dice respecto al matrimonio, ¿es verdad que la actitud del hombre de hoy no sufre ninguna influencia romántica? ¿Qué relación existe entre esta influencia y el problema del divorcio?

Antes de nada, acentuemos, que el romanticismo es esencialmente frívolo. El supone de buen grado las mayores virtudes en la “heroína” o en el “héroe”. Pero en el fondo estas virtudes pesan muy poco en la balanza, como factor de supervivencia del afecto recíproco. En efecto, el sentimentalismo perdona generalmente, sin gran dificultad, defectos morales reales, ingratitudes, injusticias, y hasta traiciones. Pero no perdona trivialidades. De modo que -para tocar en la carne viva de la realidad es necesario ejemplificar- un modo ridículo de roncar durante el sueño, el mal aliento, cualquier otra pequeña miseria humana, en fin, puede matar inapelablemente un sentimiento romántico… que resistiría a las más graves razones de queja. Ahora bien, la vida cotidiana es un tejido de trivialidades, y no hay persona que en el convivencia íntima no las tenga más o menos difíciles de soportar. Por esto, ya se tomó banal hablar de las desilusiones que vienen después de la luna de miel. “Pasado este período” me dijo cierta vez alguien: “mi esposa no me dio ninguna decepción, pero me llenó de desilusiones”. Y como el romanticismo por esencia y por definición es todo hecho de ilusiones, de afectos descontrolados e hipotéticos hacia personas que sólo serían posibles en el mundo de las quimeras, la consecuencia es que en poco tiempo los sentimientos que eran la única base psicológica de la estabilidad de la convivencia conyugal, se deshacen.

Naturalmente, una persona así no va al fondo de las cosas; no percibe lo que hay de substancialmente irrealizable en sus anhelos, y juzga pura y simplemente que se equivocó. Le parece que aún puede encontrar en otro la felicidad que su matrimonio no le dio. Habituada a vivir única y exclusivamente para la propia felicidad, habituada a ver la felicidad realizada única y exclusivamente en la satisfacción de los devaneos sentimentales, tal persona juzgará su vida irremediablemente estropeada, si no los satisficiera de otro modo. Y juzgará igualmente frustrada la vida de las numerosas personas que hubieren caído en el mismo “equívoco”. De donde el divorcio le parecerá absolutamente tan necesario cuanto el aire, el pan o el agua.


¿Qué impresión podrá causar a una persona, que se encuentra en este estado de espíritu, una argumentación seria contra el divorcio, reforzada por el lenguaje frío de las estadísticas? Habituada a divagar, y no a pensar, ella detesta toda argumentación, especialmente cuando es seria. El lenguaje de los números le parece ridículo en asuntos como éste. Hablarle de sociología a propósito de matrimonio y de amor se le figura tan chocante cuanto hablar de los asuntos más técnicos de la botánica a un poeta entretenido en admirar la belleza de una flor.


Se comprende, pues, que campañas antidivorcistas, férreamente coherentes en todos sus argumentos, den en un blanco equivocado al querer convencer con argumentos basados en la moral o en el bien del país, a personas únicamente preocupadas en alcanzar la felicidad individual en un mundo de sueño y de quimera.


Y aquí llegamos al fin


En último análisis, romanticismo es apenas egoísmo. El romántico no busca sino su propia felicidad, y sólo concibe el amor en la medida en que el “otro” sea instrumento adecuado a tornarlo feliz. Esta felicidad afectiva la desea tan exclusivamente que, si diere rienda suelta a sus sentimientos, saltará sobre todas las barreras de la moral, pasará por encima de todas las conveniencias del bien común, y satisfará brutalmente sus instintos. Y sobre el egoísmo nada se construye… la familia menos aún que cualquier cosa.


Es necesario, pues, lanzar una tremenda ofensiva anti-romántica, para mostrar la substancial diferencia que va de la caridad cristiana, toda hecha de sobrenatural, de sentido común, de equilibrio de alma, de triunfo sobre los desarreglos de la imaginación y de los sentidos, toda hecha de piedad y de ascetismo en fin, para el amor sensual, egoísta, hecho de descontroles, de sentimentalismo romántico todavía tan de moda. Es falso imaginar que los verdaderos esposos cristianos son los héroes de romance que por una feliz coincidencia consiguieron hacer un matrimonio auténtico, según el Derecho Canónico, como paso preliminar para la satisfacción de sus pasiones, pero que llevan al tálamo conyugal el mismo estado de espíritu, el mismo egoísmo, la misma falta de mortificación de cualquier amor de aventura.


Mientras la concepción sentimental-romántica influya implícita o explícitamente en la mentalidad de los novios, todo matrimonio será precario, pues habrá sido construido sobre el terreno esencialmente pegajoso, movedizo, volcánico, del egoísmo humano.


Se dice comúnmente que la familia es la base de la sociedad. Los matrimonios nacidos del sentimentalismo egoísta y romántico son la base de la Ciudad del Demonio, en que el amor del hombre a sí mismo es llevado hasta el olvido de Dios. Los matrimonios nacidos del amor a Dios, y del amor sobrenaturalmente santo al prójimo, hasta el olvido de sí mismo, son la base única de la Ciudad de Dios."

 

 

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